La canción de protesta es, en su mayoría, nostálgica. Extraña aquello que se le ha sido arrebatado y, en su tristeza, persigue el retorno de una infancia caduca cuando su labor todavía es inconclusa. ¿Por qué no componer entonces cantos de esperanza, mitos o epopeyas? ¿Por qué en vez de ser síntoma no es antídoto de la censura? En tiempos de dictadura, como la que azotó a Argentina en los años 70, las cosas no podian ser de otra manera. ¿Cuál es el atractivo de un final feliz si en la realidad los oprimidos jamás pisan la tierra prometida?
El vinilo de Piero fue uno de mis grandes descubrimientos. Lo encontré una tarde bajo la cabecera de la cama de mis padres. Era un gran sobre con una foto en blanco y negro de un joven desordenado con lentes de carey. En su interior un anillo interminable de canciones nunca antes escuchadas pero recitadas en mi mente una y otra vez: Para el pueblo lo que es del pueblo, Coplas a mi país, Soy pan, soy paz, soy más, Fumemos un cigarrillo.
De ascendencia italiana, Piero desde muy joven fue un fiel aficionado a la música. Por azares del destino, quizá en búsqueda de aventura, siguió su formación en un colegio seminarista del que tuvo que alejarse por incompatibilidad de caracteres. Viajó a Buenos Aires y empezó su travesía para convertirse en uno de los trovadores argentinos más importantes. Un músico, en especial el trovador, puede prescindir de la genialidad y apoyarse en otra clase de leyenda. Así, en 1976, cuando Videla y sus secuaces asumieron el poder, Piero vivió en el exilio.
La confusión y el terror muestran el verdadero rostro del vecino y el nuestro. No el más siniestro ni el más espartano sino el real. Aquel que ni lo salva el relativismo de los post-modernos, ni las cristianas disculpas ni el sello oficial. Empieza la laboriosa tarea de la taxonomía: hay quienes se camuflan, otros se resignan, otros luchan. Pero con qué fervor hablamos de los últimos. Si llegan anécdotas a nuestros oídos las exageramos y si no hay más remedio las inventamos. A través de ellos obedecemos a la conciencia, cumplimos nuestros deseos porque sabemos que en realidad no sobrevive el más fuerte sino el que se esconde mejor. El músico de protesta incomoda los antojos de la dictadura y es hostigado. Como todos los demás tiene la alternativa de quedarse, y con eso quiero decir callarse, o puede irse y cantar. A los artistas, revestidos de ese misticismo inoportuno, no les queda más que aceptar la sentencia del público, siempre devoto a los mártires, sin fe en los ausentes.
La represión oscurece cualquier iniciativa de creación, acosa a las buenas ideas hasta desaparecerlas. Es natural que quienes tienen el oficio de fantasear vayan tras la búsqueda de aquello que perdieron. Reconocida su naturaleza autónoma, entonces ¿Por qué la antipatía al abandono? ¿Por qué al talento se le adjunta el deber patriótico? Me aventuro a bosquejar una respuesta. Siendo la música, en especial la que protesta, un producto social-cultural, difunde un discurso determinado. Discurso que puede parecer firmado por famosos cantautores pero que son el pensar y pesar de todos los demás. Existe la versión oficial, impuesta por el gobierno de turno, pero también la clandestina, la rebelde, la canción popular. Es, pues, un testimonio vivo que se alimenta y dilata con las historias de los hombres comunes, de lo que se quedan. El exiliado, desde su seguridad, padece de otra clase de dolor. La música ya no los reúne, los aleja.
Piero y otros de su generación acompañaron al pueblo argentino con sus melodías versadas durante la dictadura de Videla. No se entendería con claridad la impresión de la música de protesta si se desliga del momento que la inspiró. Más allá de los gentilicios, porque las dictaduras de Latinoamérica son bastante uniformes, solemos ser celosos con nuestros trovadores. Reprochamos su ausencia y celebramos su complicidad aunque solo los distinga del resto la poesía.
