1 de abril de 2010

El geniecillo del crucigrama

Se apagaron las luces de la plaza y algunos parroquianos buscaron refugio contra el frío, la oscuridad y las malas intenciones. Inventé algunas excusas para demorar mi llegada a casa mientras el fluorescente parpadeante del Elite´s Café coqueteaba con mi cansancio y mi mal humor. Encontré un lugar acogedor en la esquina, saqué un libro de Bruce y le hice una seña al muchacho del mandil para que me trajera una de esas tacitas blancas. Mis intentos por mantenerla impecable y elegante fueron en vano, la vajilla transpiraba en mis manos, pero su aroma olía a romance y a marzo.

Sabía que debía dedicarme al libro, el préstamo acabaría en pocos días y extrañaría su peso en mi mochila. A pesar de mi nostalgia anticipada, me costaba concentrarme, escuchaba desde el otro extremo la voz de un joven que repetía la misma frase, cada vez más fuerte. Frente a él y en la misma mesa, un anciano con boina gris y cortaviento verde apoyaba sus codos sobre la mesa y respondía bajito. Después de algunos sorbos calidos de café logré escuchar “Jan Eliasson” en un trono triunfante y entusiasta. El joven apuntó con prisa el nuevo descubrimiento, el anciano había conquistado otra vez una fila más de casillas del crucigrama. El joven parecía cada vez más impaciente, desafiaba al geniecillo con preguntas más rebuscadas y recibía como merecido una respuesta correcta. Inventor del barómetro, autor de “A sangre Fría”, nombre del hermano de Abraham, Papa que condenó el paulinismo. El anciano mantenía la compostura pero no se libraba de las réplicas de su acompañante, algunos cargan su juventud como un lastre y eso no es culpa de nadie.

Había que decirle los enunciados y cuántas casillas tenía: espacio, v, espacio, l, e, n, espacio, espacio, espacio. Después de una meditación sincera: Valencia. ¿Haz leído el cisne negro?, dijo el inocente. ¡Claro! N.N.T, respondió (las iniciales del autor).

Había dejado de leer mi libro hace mucho, seguía pendiente de sus reacciones, de sus silencios. Lo admiraba sin conocerlo y quise ser su discípula, con suerte llenaría los vacíos de su memoria y, si eso no bastara, iba a mi cuenta otro café.

Sentí que se paraba de su asiento, temí haber sido descubierta y pretendí leer, ya no importaba qué página. El baño de hombres estaba tras una columna, cerca de mi mesa y esquina. Con dificultad subía los peldaños que lo llevaban a su destino, se detuvo y me miró. No era yo quien le importaba, era mi libro aquello que llamó su atención. ¿Por qué no le pregunté su opinión sobre el título que había escogido? ¿Qué tal una discusión sobre un libro que había rebasado mis conocimientos? ¿Por qué no saludé a mi mentor imaginario, no lo invité a sentarse, a que me cuente o me invente alguna historia? La oportunidad se escabulló y mi timidez me volvió a traicionar.


Regresó después de algunos minutos, todavía seguía dolida por la pérdida pero me mantuve al tanto de sus movimientos. Todo seguía como de costumbre hasta que dos mujeres de su misma edad se sentaron en la mesa contigua. Con colores llamativos en los labios y en sus cabellos, hablaban en voz alta sobre las experiencias del día, lo cansadas que estaban del viaje y acompañaban su discurso con ademanes femeninos y graciosos. El joven repetía “Ganador del premio Nobel por el descubrimiento de la espectroscopía”. No hubo respuesta. Ya pues, ¿no sabes?, dijo el muchacho. El anciano no le prestaba atención, esta vez estaba cautivado con la conversación de las dos señoras. El geniecillo es al fin derrotado por un misterio delicioso, un enigma que lo seduce y confunde: las mujeres.

25 de marzo de 2010

Los niños del Heavy Metal

"Los dos polos del sentimiento confundiblemente moderno son la nostalgia y  la utopia"
Susan Sontag

La florida década de los sesentas vivió dormida y murió infeliz. La moda multicolor se volvió anticuada; las flores y las huelgas, una ingenua cursilería pasada de moda. Cientos de jóvenes no parecían recordar que años atrás cantaron por un mundo de alegría, paz y amor. Ahora, regresaban solos a casa, algunos precavidos con un paquetito de verde para el viaje, pero siempre con la incómoda sensación de parecerse un poquito más a sus padres.

La generación del Heavy METAL, enfrentada a la claudicación de sus ideales y a la refutación de sus utopías, debía ser más lúgubre, más oscura, más rebelde. ¿Y qué mejor que la figura satánica para hacer congruente su discurso? Satán puede ser vinculado con la liberación sexual, la violencia y el caos. Mejor aún, para los cristianos, defensores de la moral, las buenas costumbres y, por qué no, la mojigatería relativista, el Demonio es fuente de todos los males, algo así como los villanos de Televisa sin todo el maquillaje. Un discurso que responde al religioso tradicional que sublima los apetitos esenciales del hombre. En voz del escándalo, vamos subiendo los puntos en el ranking.

Pero más allá de las cadenas, los intimidantes vocalistas y la minuciosa iconografía (hay que ver que muy pocos seguidores son tan oscuros como dicen), los exponentes del Heavy metal siguen reclamando aquello que se les ha prometido. Temas como la lucha contra la discriminación, el daño ambiental, protestas contra una sociedad de engañados o ”zombis”, el consumismo patológico, la amenaza a la autenticidad y otros. Detrás de todo ese mecanismo, de defensa frente a lo extraño y de protección a lo conocido, sus seguidores solo son soldaditos de plomo, adolescentes que recitan conocidos discursos, inocentes y libres de la contaminación de la adultez. Con la determinación propia de quienes tiene la razón, sus canciones son necias, infantiles, malhumoradas porque saben que no amenazan al sistema, no lo ponen en peligro, solo lo fastidian, como los tábanos, como los niños y sus rabietas.


No es cuestión de subestimar al género, se trata de entender el discurso, no criticarlo. La anarquía, tan querida por los muchachos, se presenta como la única solución. Encariñémonos con el Heavy metal y sigamos su ejemplo de vez en cuando, la reacción siempre es mejor que el desinterés y la rebeldía que el ocio.

12 de marzo de 2010

Uchpa en la Noche

No es cuestión de fortuna la amistosa fusión de rock, blues y quechua. Se trata, más bien, de una irrevocable vocación a la tristeza. Y es que todos sus ingredientes comparten una escritura melancólica, atribuida no solo al febril punteo de la guitarra sino también al bagaje cultural andino que el quechua representa y trae consigo. Uchpa consiente ambas vertientes musicales y su mezcla no mengua la naturaleza de ninguna, pero sí las enriquece a través de la convivencia.

Entre sus trabajos encontramos tres entregas discográficas: Wayrapin qaparichkan (Gritando en el viento) en 1991; Qawka kawsay (Viviendo en paz) en 1995; Qukman muskiy (Respiro diferente) en 2000. Hay además conciertos grabados con lo mejor de su obra.

Desde inicios de los noventas, bajo la influencia de bandas rockeras de los 60´s y 70´s, los chicos de Uchpa improvisaban tonadas de sabor extranjero pero con la aspiración de encontrar entre tanta casaca de cuero alguna sazón local. El experimento resultó provechoso porque después de algunos años, y luego de la reorganización de la banda, entendieron que en la comodidad de su lengua las escalas pentatónicas del blues recobran su significado. Dice Fredy Ortiz, vocalista del grupo, “es como si el quechua estuviera diseñado para sufrir. El dolor, pero también la dulzura, sellaron para siempre mi música”. No solo eso llama la atención, su vocalista trabajó como policía durante 10 años en las zonas más golpeadas por el terrorismo. Aquello le permitió una revisión más sensible de los temas y una postura crítica reflejada en las historias que nos canta.

Hay quienes han reunido a Uchpa bajo el lema de “reivindicación andina” por el uso del quechua, la constante cita textual de huaynos populares o la vestimenta autóctona de varios de sus integrantes. Eso, si se piensa que la cultura andina ha quedado traspapelada en el tiempo, sin contacto alguno con la modernidad, como pasajes bíblicos de nuestra historia. La tradición andina esta muy lejos de todo aquello, la herencia se ha mantenido viva, Uchpa es producto de esa evolución natural. La tradición no se ha conservado intacta, por supuesto, pero, esta vez, su variación es una cualidad. Vale decir que la falsa idea de una lucha Darwinista, especialmente en este escenario, alimenta la protesta y no la celebración.

Pero no todo se trata de penas, aunque el aporte del blues sea innegable, Uchpa ha logrado un balance saludable gracias a su puesta en escena. Cuando Fredy Ortiz y los suyos aparecen con brillantes cintas de colores, portando trajes dorados dando altos brincos nos dan la bienvenida a un carnaval andino y rockero. Para todos los curiosos y los convencidos, para los alegres y los sentimentales, Uchpa los espera

8 de marzo de 2010

Versiones

Pero cuando entré, él ya había encontrado un lugar donde sentarse. Las sillas blancas estaban mal acomodadas en la esquina del jardín, seguían un camino desordenado alrededor del patio y se perdían con dirección a la cocina. Yo no encontré lugar donde sentarme pero desde donde estaba lo miraba, nunca fue nada del otro mundo y ese corte de cabello lo hacia parecerse mucho a los demás. Tampoco cuando lo conocí se vestía bien, jeans azules y una chompa negra con una raya roja, encima usaba una casaca del mismo color. No hablaba mucho, yo hablaba más. Me gustaba dar largos discursos mientras ponía su mano en mi espalda al caminar, gozaba yo de un buen sentido del humor, se lo demostraba cada que podía y él se reía de mí, no importaba entonces la humillación y no importa ahora recordarla. Me sentía más cómoda parada que sentada, el vestido negro era demasiado corto y las panty medias demasiado delgadas, fingía revisar algunas llamadas de mi celular, borré todos mis mensajes de texto de la bandeja de entrada y lo volvía a mirar por si acaso se acercara. Entonces no conocía a nadie, uno que otro rostro me resultaba familiar, pero la mayoría de mujeres habían formado absurdos grupos de cuatro o cinco, susurraban y miraban a los demás de abajo hacia arriba y viceversa.

No conocía a la dueña de casa, pensé que la fiesta sería en la sala y me encontré con un montón de sillas blancas amontonadas cerca de las macetas. Me ofrecieron una botella de cerveza y con un vaso en la mano busqué un lugar donde sentarme. Nunca me incomodó estar solo, es más, aprovecho los ratos libres y en soledad para pensar en cosas tristes, a uno le es imposible encontrar tiempo para esas cosas. Imaginar, por ejemplo, que la persona que más quieres fallece, tienes los ojos muy abiertos, tratas de respirar hondo pero es inútil. Ese dolor inducido te sumerge en la más profunda desesperación, confundido intentas recuperarte pero es más grande la mentira, nadie ha muerto, tú lo sabes, pero hay una pena latente que anda por ahí, vigilante, esperando alguna desgracia tuya a la vuelta de la esquina.


Me parece haberla visto, tiene el cabello más largo y está más delgada. Debí haberle respondido ese mail, ya ha pasado mucho tiempo desde que lo leí y ahora es incómodo saludarla. ¡Pero qué rara es! Aparece y desaparece cuando menos lo imaginas, hubiese querido que fuéramos amigos pero siempre quería algo más de mí, nada le era suficiente. Cuando conversábamos se ponía imposible y luego no volvía a saber nada de ella.


Escuché algunas risas sinceras y disimuladamente me acoplé al grupo de a lado, contaban algunas anécdotas sobre la última reunión a la que no fui invitada. Habían venido todas con faldas muy cortas y ropa interior colorida que se traslucía por las luces blancas. Algunos chicos de acercaban a sacarlas a bailar, luego se quedaban con ellas conversando en algún rincón de la casa. Mi mirada estaba distraída, el grupo se había dispersado y no tenía a nadie con quien conversar. Movía la cabeza al ritmo de la música, mis piernas ya estaban bastante adormecidas, balanceaba mi cuerpo golpeando el respaldar de la silla y de pronto lo vi caminar hacia mí.

Mis manos empezaron a transpirar, una sensación de vértigo se apoderó de mí, corrientes frías desembocaban en mi estómago, me acomodé un mechón de cabello y esperé algún movimiento suyo. Se sentó a mi derecha y se quedó mirando los pies de bailarines amigos, enredados en la pista de baile. No supe qué decir y por eso me mantuve callada, le había mandado este mail que nunca respondió y sentí que ya había hecho mucho por los dos.

- Oye, lo del mail…
- Está bien
- ¿Crees que podamos vernos en otro momento?
Asentí con la cabeza y luego bailamos.


Después de algunos vasos, me sentí inspirado y fui a su encuentro. Caminaba con dificultad, me abría paso entre varios entusiastas que bailaban sincronizados al ritmo de una salsa. La vi sentada y parece que tenía mucho frío. Algunos conocidos me saludaban y me invitaban a tomar con ellos, me distraje un rato pero noté que había un asiento vacío cerca de ella. Intenté recordar su nombre mientras buscaba su mirada, no coincidió jamás con la mía y se veía tan preocupada que no la quise interrumpir. La saludé a lo lejos y ella sonrió. Sin más, regresé a mi esquina conocida.

6 de marzo de 2010

Crónica de una aficionada: NoventaFest

Planché mi camiseta con cuidado, el logotipo de Oasis en tinta blanca había resultado un tatuaje temporal, residuos de tinta sobre lienzo negro que trataba de ocultar bajo mi camisa cuadriculada. Decidida a mimetizarme, había conseguido el atuendo perfecto para el “NoventasFest”, compré unos discos de Radiohead y algunas cajetillas de cigarro, unos para asegurar mi educación musical y otros tan solo para engreír uno de mis vicios.

Después de unos merecidos aperitivos, caminé las cuadras que faltaban para llegar a Voce, en Lince. Mis compañeros de fila parecían ansiosos, acariciaban sus boletos hasta entregarlos, al fin, en las puertas del local. Me gustó encontrar cómplices noventeros de todos los linajes musicales y me reproché por guiarme de falsos prejuicios y olvidar la universalidad del sonido. A las once, Leyenda Urbana afinaba los motores, el rodeo empezaba con Cigarettes and Alcohol, sencillo del álbum Definitely Maybe, y finalizó con los coros de Wonderwall. No hubo precavido que cuidara su voz para el final. Los Gallagher se sentirían orgullos.
Minutos después, una muleta divertida acompañaba al vocalista de Dyldo. Los carismáticos integrantes de la banda nos guiaron por una miscelánea rockera, un surtido de piezas de Red Hot Chilli Peppers y hasta Pearl Jam. Nadie cantaba solo en la Ciudad de los Ángeles. Grupos de jóvenes se abrazaban sin conocerse, con el calor de sus gargantas recitaban los himnos de una generación mientras Gris Volta conectaba los cables finales.
Gris Volta, al parecer los músicos más jóvenes de la noche, se encargaban de rendirle tributo a Radiohead, empresa ambiciosa, sin duda, pero de la cual salieron invictos. Aunque extrañamos Creep y Fake Plastic Trees, vibramos al escuchar los melodiosos acordes de Let Down. La espera alimentaba las expectativas por escuchar al grupo E.T.C, encargados de revivir por una noche la leyenda de Nirvana. Las letras rezadas cual mantras dieron un color emotivo a la noche, no supe cuanto tiempo estuve de pie solo supe que valió la pena. JóveneXperú promete ofrecernos una entrega similar con un moscaido de bandas, diversas, como siempre, para congregar a los fanáticos de todo el país.

3 de marzo de 2010

La Señora

No eran más de las nueve cuando llegué al mercado. De las coloridas sombrillas colgaban pares de medias, pasadores, porta celulares y hasta bolsitas de maní confitado. Se desemperezaban los sonámbulos con Radio Panamericana, desembolsaban sus puestos mientras me servían el surtido en esas copas gigantes. Me entretuve un rato descifrando el ritmo con el que la señora de a lado tejía con crochet, sus dedos bailaban despabilados frente a lo que parecía ser un ropón, cansada bajé a la plaza en búsqueda de algo que hacer. Encontré una banca frente a un complejo comercial y me hice un lugarcito junto a las palomas.

Ahora que recuerdo, me divierten los proselitistas que publicitan el miedo a las palomas, ¿qué daño real pueden causar las inocentes? Vuelan en bandadas de aquí para allá, una rutina eterna con algunas sorpresas para los que no desafían las leyes de la gravedad. ¿Qué tal si las cosas fueran diferentes? Digamos que las palomas son enemigas pacientes, esperan que el ser humano culmine, a veces sin fortuna, las estaciones de su vida y envejezca. Una vez que perdió los amores, los oficios y sus pasatiempos preferidos, casi de manera automática, coge una bolsa plástica, la llena de maíz y alimenta a los seres que, la mayor parte de su tiempo, pasaron desapercibidos. Que tal si todo aquello formara parte de una gran conspiración, un plan maestro, como el de las hormigas.



La Señora no tardó en aparecer en su esquina. Miraba impaciente a las sobrinas mientras cargaba pesados paquetes misteriosamente envueltos. En realidad me alegré de que al fin llegara. Fui contado el sencillo por si acaso sea esa otra excusa para no atenderme. Cuando nos vimos por primera vez, no era mi intención comprarle nada. Su puesto se encontraba frente a uno de mis lugares preferidos, un rinconcito de películas pirata que acaparaba toda mi atención. Todo empezó cuando la moda de los mp3, tanta música, tan variada, encima gratis, me aburrió. Había decidido imponer el reciclaje de la moda de los noventas y sus disc-man, aunque tenga que comprar varias pilas doble A para el aparato. Con el propósito de echar una mirada rápida al material, acordarme de algunos álbumes y entretenerme con las figuritas, recordé que había visto por ahí el lugar indicado. Se trataba de un puesto de discos ubicado en la esquina de la galería, la señora que atendía no dejaba de limpiar las cajas y miraba de cuando en cuando con el rabillo del ojo a los desconocidos. Yo era una extranjera y todavía llamaba a la señora, con minúscula. Me impresionó la minuciosidad de su trabajo, al fin el deseo de todo fanático se hacia realidad, los discos eran tan parecidos a los originales que querías pagar un poquito más, por remordimiento.

Debí estar mucho tiempo allí parada porque de repente sentí el peso de una mirada y luego una voz: ¿Si? ¿Qué desea? Nada, le dije y respondió: Bueno, eso no lo vendemos acá. ¡Qué mala hora para no traer ni un sol conmigo! Así le hubiese comprado el disco más caro para callarle la boca y salir orgullosa con mi música de proletario. Después de algún tiempo, regresé. No por hambre de revancha sino por una cadena de casualidades que me es imposible explicarla ahora. No me reconoció, me seguía vigilando desde su cubículo pera la distrajo una novata.

-Señora, ¿tiene pósters?

-Si

-A ver, sáquelos para ver

-¿Los vas a comprar?

-¿Ah?

-Que si los vas a comprar, no crees que los voy a sacar por las puras.



Y entonces entendí. La señora del puesto de discos no era una vendedora cualquiera, era la soberana de un pequeño reino en el que sus clientes éramos vasallos. Era una guardiana con una misión, proteger de los intrusos sus más queridos tesoros. Si tan solo pudiera descansar en su trono magistral sin que la perturben las cuestiones domésticas, banales preguntas de sus súbditos que la alejan de sus quehaceres mayores, sería feliz. Era, pues, una monarquía absoluta de una pequeña comarca con complejo de imperio.

Esta vez sí compré un par de discos. Y una vez descubierto el misterio, sentí pena por la Señora y se convirtió en mi casera preferida, una amistad platónica y, por supuesto, frustrada. Respeto sus comentarios ácidos y le festejo en silencio sus ironías. Nuca he buscado otro lugar para remplazarla, Dios salve a la Reina de su mal humor.

PIERO

La canción de protesta es, en su mayoría, nostálgica. Extraña aquello que se le ha sido arrebatado y, en su tristeza, persigue el retorno de una infancia caduca cuando su labor todavía es inconclusa. ¿Por qué no componer entonces cantos de esperanza, mitos o epopeyas? ¿Por qué en vez de ser síntoma no es antídoto de la censura? En tiempos de dictadura, como la que azotó a Argentina en los años 70, las cosas no podian ser de otra manera. ¿Cuál es el atractivo de un final feliz si en la realidad los oprimidos jamás pisan la tierra prometida?

El vinilo de Piero fue uno de mis grandes descubrimientos. Lo encontré una tarde bajo la cabecera de la cama de mis padres. Era un gran sobre con una foto en blanco y negro de un joven desordenado con lentes de carey. En su interior un anillo interminable de canciones nunca antes escuchadas pero recitadas en mi mente una y otra vez: Para el pueblo lo que es del pueblo, Coplas a mi país, Soy pan, soy paz, soy más, Fumemos un cigarrillo.

De ascendencia italiana, Piero desde muy joven fue un fiel aficionado a la música. Por azares del destino, quizá en búsqueda de aventura, siguió su formación en un colegio seminarista del que tuvo que alejarse por incompatibilidad de caracteres. Viajó a Buenos Aires y empezó su travesía para convertirse en uno de los trovadores argentinos más importantes. Un músico, en especial el trovador, puede prescindir de la genialidad y apoyarse en otra clase de leyenda. Así, en 1976, cuando Videla y sus secuaces asumieron el poder, Piero vivió en el exilio.

La confusión y el terror muestran el verdadero rostro del vecino y el nuestro. No el más siniestro ni el más espartano sino el real. Aquel que ni lo salva el relativismo de los post-modernos, ni las cristianas disculpas ni el sello oficial. Empieza la laboriosa tarea de la taxonomía: hay quienes se camuflan, otros se resignan, otros luchan. Pero con qué fervor hablamos de los últimos. Si llegan anécdotas a nuestros oídos las exageramos y si no hay más remedio las inventamos. A través de ellos obedecemos a la conciencia, cumplimos nuestros deseos porque sabemos que en realidad no sobrevive el más fuerte sino el que se esconde mejor. El músico de protesta incomoda los antojos de la dictadura y es hostigado. Como todos los demás tiene la alternativa de quedarse, y con eso quiero decir callarse, o puede irse y cantar. A los artistas, revestidos de ese misticismo inoportuno, no les queda más que aceptar la sentencia del público, siempre devoto a los mártires, sin fe en los ausentes.

La represión oscurece cualquier iniciativa de creación, acosa a las buenas ideas hasta desaparecerlas. Es natural que quienes tienen el oficio de fantasear vayan tras la búsqueda de aquello que perdieron. Reconocida su naturaleza autónoma, entonces ¿Por qué la antipatía al abandono? ¿Por qué al talento se le adjunta el deber patriótico? Me aventuro a bosquejar una respuesta. Siendo la música, en especial la que protesta, un producto social-cultural, difunde un discurso determinado. Discurso que puede parecer firmado por famosos cantautores pero que son el pensar y pesar de todos los demás. Existe la versión oficial, impuesta por el gobierno de turno, pero también la clandestina, la rebelde, la canción popular. Es, pues, un testimonio vivo que se alimenta y dilata con las historias de los hombres comunes, de lo que se quedan. El exiliado, desde su seguridad, padece de otra clase de dolor. La música ya no los reúne, los aleja.

Piero y otros de su generación acompañaron al pueblo argentino con sus melodías versadas durante la dictadura de Videla. No se entendería con claridad la impresión de la música de protesta si se desliga del momento que la inspiró. Más allá de los gentilicios, porque las dictaduras de Latinoamérica son bastante uniformes, solemos ser celosos con nuestros trovadores. Reprochamos su ausencia y celebramos su complicidad aunque solo los distinga del resto la poesía.

Genios