Se apagaron las luces de la plaza y algunos parroquianos buscaron refugio contra el frío, la oscuridad y las malas intenciones. Inventé algunas excusas para demorar mi llegada a casa mientras el fluorescente parpadeante del Elite´s Café coqueteaba con mi cansancio y mi mal humor. Encontré un lugar acogedor en la esquina, saqué un libro de Bruce y le hice una seña al muchacho del mandil para que me trajera una de esas tacitas blancas. Mis intentos por mantenerla impecable y elegante fueron en vano, la vajilla transpiraba en mis manos, pero su aroma olía a romance y a marzo.
Sabía que debía dedicarme al libro, el préstamo acabaría en pocos días y extrañaría su peso en mi mochila. A pesar de mi nostalgia anticipada, me costaba concentrarme, escuchaba desde el otro extremo la voz de un joven que repetía la misma frase, cada vez más fuerte. Frente a él y en la misma mesa, un anciano con boina gris y cortaviento verde apoyaba sus codos sobre la mesa y respondía bajito. Después de algunos sorbos calidos de café logré escuchar “Jan Eliasson” en un trono triunfante y entusiasta. El joven apuntó con prisa el nuevo descubrimiento, el anciano había conquistado otra vez una fila más de casillas del crucigrama. El joven parecía cada vez más impaciente, desafiaba al geniecillo con preguntas más rebuscadas y recibía como merecido una respuesta correcta. Inventor del barómetro, autor de “A sangre Fría”, nombre del hermano de Abraham, Papa que condenó el paulinismo. El anciano mantenía la compostura pero no se libraba de las réplicas de su acompañante, algunos cargan su juventud como un lastre y eso no es culpa de nadie.
Había que decirle los enunciados y cuántas casillas tenía: espacio, v, espacio, l, e, n, espacio, espacio, espacio. Después de una meditación sincera: Valencia. ¿Haz leído el cisne negro?, dijo el inocente. ¡Claro! N.N.T, respondió (las iniciales del autor).
Regresó después de algunos minutos, todavía seguía dolida por la pérdida pero me mantuve al tanto de sus movimientos. Todo seguía como de costumbre hasta que dos mujeres de su misma edad se sentaron en la mesa contigua. Con colores llamativos en los labios y en sus cabellos, hablaban en voz alta sobre las experiencias del día, lo cansadas que estaban del viaje y acompañaban su discurso con ademanes femeninos y graciosos. El joven repetía “Ganador del premio Nobel por el descubrimiento de la espectroscopía”. No hubo respuesta. Ya pues, ¿no sabes?, dijo el muchacho. El anciano no le prestaba atención, esta vez estaba cautivado con la conversación de las dos señoras. El geniecillo es al fin derrotado por un misterio delicioso, un enigma que lo seduce y confunde: las mujeres.
Había dejado de leer mi libro hace mucho, seguía pendiente de sus reacciones, de sus silencios. Lo admiraba sin conocerlo y quise ser su discípula, con suerte llenaría los vacíos de su memoria y, si eso no bastara, iba a mi cuenta otro café.
Sentí que se paraba de su asiento, temí haber sido descubierta y pretendí leer, ya no importaba qué página. El baño de hombres estaba tras una columna, cerca de mi mesa y esquina. Con dificultad subía los peldaños que lo llevaban a su destino, se detuvo y me miró. No era yo quien le importaba, era mi libro aquello que llamó su atención. ¿Por qué no le pregunté su opinión sobre el título que había escogido? ¿Qué tal una discusión sobre un libro que había rebasado mis conocimientos? ¿Por qué no saludé a mi mentor imaginario, no lo invité a sentarse, a que me cuente o me invente alguna historia? La oportunidad se escabulló y mi timidez me volvió a traicionar.
