3 de marzo de 2010

La Señora

No eran más de las nueve cuando llegué al mercado. De las coloridas sombrillas colgaban pares de medias, pasadores, porta celulares y hasta bolsitas de maní confitado. Se desemperezaban los sonámbulos con Radio Panamericana, desembolsaban sus puestos mientras me servían el surtido en esas copas gigantes. Me entretuve un rato descifrando el ritmo con el que la señora de a lado tejía con crochet, sus dedos bailaban despabilados frente a lo que parecía ser un ropón, cansada bajé a la plaza en búsqueda de algo que hacer. Encontré una banca frente a un complejo comercial y me hice un lugarcito junto a las palomas.

Ahora que recuerdo, me divierten los proselitistas que publicitan el miedo a las palomas, ¿qué daño real pueden causar las inocentes? Vuelan en bandadas de aquí para allá, una rutina eterna con algunas sorpresas para los que no desafían las leyes de la gravedad. ¿Qué tal si las cosas fueran diferentes? Digamos que las palomas son enemigas pacientes, esperan que el ser humano culmine, a veces sin fortuna, las estaciones de su vida y envejezca. Una vez que perdió los amores, los oficios y sus pasatiempos preferidos, casi de manera automática, coge una bolsa plástica, la llena de maíz y alimenta a los seres que, la mayor parte de su tiempo, pasaron desapercibidos. Que tal si todo aquello formara parte de una gran conspiración, un plan maestro, como el de las hormigas.



La Señora no tardó en aparecer en su esquina. Miraba impaciente a las sobrinas mientras cargaba pesados paquetes misteriosamente envueltos. En realidad me alegré de que al fin llegara. Fui contado el sencillo por si acaso sea esa otra excusa para no atenderme. Cuando nos vimos por primera vez, no era mi intención comprarle nada. Su puesto se encontraba frente a uno de mis lugares preferidos, un rinconcito de películas pirata que acaparaba toda mi atención. Todo empezó cuando la moda de los mp3, tanta música, tan variada, encima gratis, me aburrió. Había decidido imponer el reciclaje de la moda de los noventas y sus disc-man, aunque tenga que comprar varias pilas doble A para el aparato. Con el propósito de echar una mirada rápida al material, acordarme de algunos álbumes y entretenerme con las figuritas, recordé que había visto por ahí el lugar indicado. Se trataba de un puesto de discos ubicado en la esquina de la galería, la señora que atendía no dejaba de limpiar las cajas y miraba de cuando en cuando con el rabillo del ojo a los desconocidos. Yo era una extranjera y todavía llamaba a la señora, con minúscula. Me impresionó la minuciosidad de su trabajo, al fin el deseo de todo fanático se hacia realidad, los discos eran tan parecidos a los originales que querías pagar un poquito más, por remordimiento.

Debí estar mucho tiempo allí parada porque de repente sentí el peso de una mirada y luego una voz: ¿Si? ¿Qué desea? Nada, le dije y respondió: Bueno, eso no lo vendemos acá. ¡Qué mala hora para no traer ni un sol conmigo! Así le hubiese comprado el disco más caro para callarle la boca y salir orgullosa con mi música de proletario. Después de algún tiempo, regresé. No por hambre de revancha sino por una cadena de casualidades que me es imposible explicarla ahora. No me reconoció, me seguía vigilando desde su cubículo pera la distrajo una novata.

-Señora, ¿tiene pósters?

-Si

-A ver, sáquelos para ver

-¿Los vas a comprar?

-¿Ah?

-Que si los vas a comprar, no crees que los voy a sacar por las puras.



Y entonces entendí. La señora del puesto de discos no era una vendedora cualquiera, era la soberana de un pequeño reino en el que sus clientes éramos vasallos. Era una guardiana con una misión, proteger de los intrusos sus más queridos tesoros. Si tan solo pudiera descansar en su trono magistral sin que la perturben las cuestiones domésticas, banales preguntas de sus súbditos que la alejan de sus quehaceres mayores, sería feliz. Era, pues, una monarquía absoluta de una pequeña comarca con complejo de imperio.

Esta vez sí compré un par de discos. Y una vez descubierto el misterio, sentí pena por la Señora y se convirtió en mi casera preferida, una amistad platónica y, por supuesto, frustrada. Respeto sus comentarios ácidos y le festejo en silencio sus ironías. Nuca he buscado otro lugar para remplazarla, Dios salve a la Reina de su mal humor.

PIERO

La canción de protesta es, en su mayoría, nostálgica. Extraña aquello que se le ha sido arrebatado y, en su tristeza, persigue el retorno de una infancia caduca cuando su labor todavía es inconclusa. ¿Por qué no componer entonces cantos de esperanza, mitos o epopeyas? ¿Por qué en vez de ser síntoma no es antídoto de la censura? En tiempos de dictadura, como la que azotó a Argentina en los años 70, las cosas no podian ser de otra manera. ¿Cuál es el atractivo de un final feliz si en la realidad los oprimidos jamás pisan la tierra prometida?

El vinilo de Piero fue uno de mis grandes descubrimientos. Lo encontré una tarde bajo la cabecera de la cama de mis padres. Era un gran sobre con una foto en blanco y negro de un joven desordenado con lentes de carey. En su interior un anillo interminable de canciones nunca antes escuchadas pero recitadas en mi mente una y otra vez: Para el pueblo lo que es del pueblo, Coplas a mi país, Soy pan, soy paz, soy más, Fumemos un cigarrillo.

De ascendencia italiana, Piero desde muy joven fue un fiel aficionado a la música. Por azares del destino, quizá en búsqueda de aventura, siguió su formación en un colegio seminarista del que tuvo que alejarse por incompatibilidad de caracteres. Viajó a Buenos Aires y empezó su travesía para convertirse en uno de los trovadores argentinos más importantes. Un músico, en especial el trovador, puede prescindir de la genialidad y apoyarse en otra clase de leyenda. Así, en 1976, cuando Videla y sus secuaces asumieron el poder, Piero vivió en el exilio.

La confusión y el terror muestran el verdadero rostro del vecino y el nuestro. No el más siniestro ni el más espartano sino el real. Aquel que ni lo salva el relativismo de los post-modernos, ni las cristianas disculpas ni el sello oficial. Empieza la laboriosa tarea de la taxonomía: hay quienes se camuflan, otros se resignan, otros luchan. Pero con qué fervor hablamos de los últimos. Si llegan anécdotas a nuestros oídos las exageramos y si no hay más remedio las inventamos. A través de ellos obedecemos a la conciencia, cumplimos nuestros deseos porque sabemos que en realidad no sobrevive el más fuerte sino el que se esconde mejor. El músico de protesta incomoda los antojos de la dictadura y es hostigado. Como todos los demás tiene la alternativa de quedarse, y con eso quiero decir callarse, o puede irse y cantar. A los artistas, revestidos de ese misticismo inoportuno, no les queda más que aceptar la sentencia del público, siempre devoto a los mártires, sin fe en los ausentes.

La represión oscurece cualquier iniciativa de creación, acosa a las buenas ideas hasta desaparecerlas. Es natural que quienes tienen el oficio de fantasear vayan tras la búsqueda de aquello que perdieron. Reconocida su naturaleza autónoma, entonces ¿Por qué la antipatía al abandono? ¿Por qué al talento se le adjunta el deber patriótico? Me aventuro a bosquejar una respuesta. Siendo la música, en especial la que protesta, un producto social-cultural, difunde un discurso determinado. Discurso que puede parecer firmado por famosos cantautores pero que son el pensar y pesar de todos los demás. Existe la versión oficial, impuesta por el gobierno de turno, pero también la clandestina, la rebelde, la canción popular. Es, pues, un testimonio vivo que se alimenta y dilata con las historias de los hombres comunes, de lo que se quedan. El exiliado, desde su seguridad, padece de otra clase de dolor. La música ya no los reúne, los aleja.

Piero y otros de su generación acompañaron al pueblo argentino con sus melodías versadas durante la dictadura de Videla. No se entendería con claridad la impresión de la música de protesta si se desliga del momento que la inspiró. Más allá de los gentilicios, porque las dictaduras de Latinoamérica son bastante uniformes, solemos ser celosos con nuestros trovadores. Reprochamos su ausencia y celebramos su complicidad aunque solo los distinga del resto la poesía.

Genios