Pero cuando entré, él ya había encontrado un lugar donde sentarse. Las sillas blancas estaban mal acomodadas en la esquina del jardín, seguían un camino desordenado alrededor del patio y se perdían con dirección a la cocina. Yo no encontré lugar donde sentarme pero desde donde estaba lo miraba, nunca fue nada del otro mundo y ese corte de cabello lo hacia parecerse mucho a los demás. Tampoco cuando lo conocí se vestía bien, jeans azules y una chompa negra con una raya roja, encima usaba una casaca del mismo color. No hablaba mucho, yo hablaba más. Me gustaba dar largos discursos mientras ponía su mano en mi espalda al caminar, gozaba yo de un buen sentido del humor, se lo demostraba cada que podía y él se reía de mí, no importaba entonces la humillación y no importa ahora recordarla. Me sentía más cómoda parada que sentada, el vestido negro era demasiado corto y las panty medias demasiado delgadas, fingía revisar algunas llamadas de mi celular, borré todos mis mensajes de texto de la bandeja de entrada y lo volvía a mirar por si acaso se acercara. Entonces no conocía a nadie, uno que otro rostro me resultaba familiar, pero la mayoría de mujeres habían formado absurdos grupos de cuatro o cinco, susurraban y miraban a los demás de abajo hacia arriba y viceversa.
No conocía a la dueña de casa, pensé que la fiesta sería en la sala y me encontré con un montón de sillas blancas amontonadas cerca de las macetas. Me ofrecieron una botella de cerveza y con un vaso en la mano busqué un lugar donde sentarme. Nunca me incomodó estar solo, es más, aprovecho los ratos libres y en soledad para pensar en cosas tristes, a uno le es imposible encontrar tiempo para esas cosas. Imaginar, por ejemplo, que la persona que más quieres fallece, tienes los ojos muy abiertos, tratas de respirar hondo pero es inútil. Ese dolor inducido te sumerge en la más profunda desesperación, confundido intentas recuperarte pero es más grande la mentira, nadie ha muerto, tú lo sabes, pero hay una pena latente que anda por ahí, vigilante, esperando alguna desgracia tuya a la vuelta de la esquina.
Me parece haberla visto, tiene el cabello más largo y está más delgada. Debí haberle respondido ese mail, ya ha pasado mucho tiempo desde que lo leí y ahora es incómodo saludarla. ¡Pero qué rara es! Aparece y desaparece cuando menos lo imaginas, hubiese querido que fuéramos amigos pero siempre quería algo más de mí, nada le era suficiente. Cuando conversábamos se ponía imposible y luego no volvía a saber nada de ella.
Escuché algunas risas sinceras y disimuladamente me acoplé al grupo de a lado, contaban algunas anécdotas sobre la última reunión a la que no fui invitada. Habían venido todas con faldas muy cortas y ropa interior colorida que se traslucía por las luces blancas. Algunos chicos de acercaban a sacarlas a bailar, luego se quedaban con ellas conversando en algún rincón de la casa. Mi mirada estaba distraída, el grupo se había dispersado y no tenía a nadie con quien conversar. Movía la cabeza al ritmo de la música, mis piernas ya estaban bastante adormecidas, balanceaba mi cuerpo golpeando el respaldar de la silla y de pronto lo vi caminar hacia mí.
Mis manos empezaron a transpirar, una sensación de vértigo se apoderó de mí, corrientes frías desembocaban en mi estómago, me acomodé un mechón de cabello y esperé algún movimiento suyo. Se sentó a mi derecha y se quedó mirando los pies de bailarines amigos, enredados en la pista de baile. No supe qué decir y por eso me mantuve callada, le había mandado este mail que nunca respondió y sentí que ya había hecho mucho por los dos.
- Oye, lo del mail…
- Está bien
- ¿Crees que podamos vernos en otro momento?
Asentí con la cabeza y luego bailamos.
Después de algunos vasos, me sentí inspirado y fui a su encuentro. Caminaba con dificultad, me abría paso entre varios entusiastas que bailaban sincronizados al ritmo de una salsa. La vi sentada y parece que tenía mucho frío. Algunos conocidos me saludaban y me invitaban a tomar con ellos, me distraje un rato pero noté que había un asiento vacío cerca de ella. Intenté recordar su nombre mientras buscaba su mirada, no coincidió jamás con la mía y se veía tan preocupada que no la quise interrumpir. La saludé a lo lejos y ella sonrió. Sin más, regresé a mi esquina conocida.